Ruido infernal,
edificios, autos, motos, contrabando, turistas, comercio, anuncios de gangas,
gente de aquí para allá cargando bolsas, ellos y Yo éramos como unas hormigas en tan
tremenda ciudad.
Desperté esa
mañana de miércoles un poco a contrarreloj, sin tomar desayuno me cepillé los
dientes, me vestí, billetera en mano, las llaves y el celular. Fui hasta la
parada de ómnibus, tomé la línea que decía “ponte” pues me dirigía a Ciudad del
Este para comprar una sola cosa (imagínense que locura ir a tan tremenda ciudad
solo para coger algo y volver al toque). Baje del ómnibus en la parada frente a
la frontera de Brasil con Paraguay, yendo a pié crucé el puente de la Amistad,
la gente se cruzaba rozándose los codos, apresurados unos tras otros, “com
licença” decían al pasarte de lado y eso parecía una carrera de corre caminos,
el ruido ensordecedor de las moto taxis, vehículos que cruzaban hacia el Brasil
y al Paraguay en monótonas viceversas
interminables. El vértigo que producía en mi cruzar ese puente atendiendo a no
chocar con la gente y mirando para abajo al caminar, de repente sentía chocar el
corre manos del puente y caer, pero todo
estaba en mi imaginación apenas. El calor comenzaba a hacerse sentir, y la
mochila se pegaba a mi espalda que goteaba sudores, faltaba poco para terminar
de cruzar ese trayecto tan mareante.
Di el primer
paso en suelo paraguayo, una banda de promotores ofreciéndome panfletos
diciendo, “ Moça, o qué procura?” “Pen-drive barato moça?” y al ver mi
indiferencia y seriedad se hablaban unos
a otros en guaraní “iporã ko mitakuña”-
es linda ésta chica- entre otras cosas que mejor ni las repito, ignorando éstos que también Yo era paraguaya.
Me sentía más pequeña de lo que soy en realidad en tan grande ciudad, entre ruidos
y mucha gente, aturdida por los vendedores, observaba (sin dejar de caminar
rápido y cuidadosamente para no pegarme contra un muro o peor aún contra un
cristiano que estuviese por ahí) detalladamente cada detalle -valiendo la
redundancia- lleno de bullicio estaba “ciudad”, los típicos carriteros con
gaseosas y otras bebidas a la venta diciendo “¿coca moça?”- ofrecían: coca, agua bien fría!. El pitar de
los milicos dando o cortando el paso a los vehículos, gente que pasaba
desesperadamente (Yo comenzaba a sulfurarme de tanto movimiento que superaba
mis ansiedades de poder llegar pronto a destino y rajar de allí), mujeres con
niños en brazos de pies sucios y cabellos despeinados, y no por último, muchos niños, de pies
descalzos, con la carita ilegible a consecuencia de tanta mugre, ahí estaban
ellos, los niños de la calle.
En realidad no
sé si llamarlos niños de la calle, porque muchos de ellos estaban no a muchos metros de distancia de sus madres,
mujeres que andaban en las mismas condiciones que sus hijos, sucias, andrajosas
y despeinadas. Comencé a bajar la marcha y los observaba. Juntaban cartones en
grandes bolsas y, a pesar de ser tan pequeños desarmaban cajas y se sonreían
unos a otros, quedé como atrapada en un stop en donde dejó de haber ruido,
donde todo se paró y vi sus sonrisitas tiernas, pude ver en sus ojos miradas
sin luz, tenían la típica carita sucia de niños con rasgos de adultos, esa cara
que hablaba del desaprovechamiento de su infancia, que justifica la situación
de necesidad que los obliga a estar allí, en las calles, juntando cajas para
sobrevivir, trabajando en medio de todo ese mundo donde cada uno de ellos se
compararían como pequeñas hormiguitas en tan tremenda ciudad. Ese cuadro golpeó
mi corazón.
Sacudí la cabeza
y seguí caminando, todo seguía en su ritmo normal. Yo, quedé tácita medio
impotente a tal imagen vista. Y luego pude ver a una pareja de brasileños
con su pequeño hijo (éste prolijo
y bien vestido, con tremendos tenis en los pies y reloj en la muñeca) un
pequeño burgués. “Pai, lembre-se de meu
carro a controle!” y repetía incesante, “meu
carro a controle!”, el padre de éste
le hacía gestos con la cabeza de confirmación a su petición y éste niño
rebozaba una luz en sus ojitos y una sonrisa se recostaba en su rostro. Qué irónico,
no creen.
Llegué frente al
shopping subí por unas escaleras compré aquello que necesitaba y no dejaba de
pensar en aquella gran diferencia de estatus de estos niños: los de la calle y
el pequeño burgués. La compra fue de toque bajé de nuevo a la calle minada de
barullo y gente, pintoresco escenario de uno de los focos comerciales más
grandes de la región. Pensaba volver ya nomás a Foz, fue entonces cuando una
voz interior me lo impidió, tenía demasiada hambre y decidí establecerme en un
comedor popular grande donde se encontraban un montón de casillitas
copetines. En la entrada vi a dos
hermanitos pidiendo monedas, “¿tenés
mil?” me dijo uno con los ojitos de cachorro regañado, “ahh…no tengo, pero les invito a comer algo si quieren!” dije
sorprendiéndome de lo que había dicho a los niños, jamás pensé en invitarlos a
comer!. El más pequeño sonrió y entonces aceptaron, entramos al comedor los
tres, la gente nos clavaban la mirada como extrañados por tal situación,
algunas mujeres me miraban la pinta, y hablaban en guaraní entre ellas, Yo sólo me comportaba indiferente a los demás y
fascinada por estos dos chiquitos.
Nos sentamos en
una mesa y una joven se acercó y preguntó: -“Le
sirvo algo?” Yo la miré y le dije: - “Sí,
eh, tres milanesas y una coca para
compartir por favor!”. La mujer ésta miraba con odio a los chiquilines y
fue por el pedido. Les pregunté el nombre a cada uno, el más grandecito era
Jorge y el pequeño era Iván, tenían siete y cuatro años. Se notaban muy tímidos
y cortantes al hablar, pues no dominaban tanto el español por lo que comencé a
hablarles en guaraní. Preguntaba a éstos pequeños si tenían madre, si vivían en
algún lugar, etc. Como si fuera una asistente social que trabaja con niños o
peor aún, como si fuera que les iba a dar algún tipo de ayuda económica, en
realidad quería saber la situación de estos dos hermanitos. Lo poco que supe
fue que viven a unos cuántos kilómetros del centro de C.D.E, que su madre los
despierta temprano para “venir a trabajar” que uno va a la escuela de tarde, y
que no tienen papá. Tímidamente fue Jorge el que comentaba estos datos de su
vida, a lo que llegó el pedido.
Comenzamos a
comer, Yo intentaba hacerles perder la timidez con gestos, pero ellos me
miraban fijo y al momento de que nos quedábamos mirándonos bajaban la mirada
tipo escondiendo algo. Comían apuradamente llenándose los cachetes de comida. “le voy a pagar en reales”-dije a la
Joven. Le pasé 20 R$ y ésta me da 4mil guaraníes. “Acá tené’ tu vuelto”- me
responde ella. Coloque los billetes debajo del servilletero de la mesa,
mientras seguía en mi afán de conversa con estos dos pequeños indefensos. En realidad
era el más grandecito quien me respondía todas las preguntas, el más pequeño
sólo se dedicaba a comer, controlarme y esconder la mirada cuando lo miraba.
Jorge tragaba apuradamente lo que tenía en la boca para responderme cada
pregunta, de repente un silencio se hizo presente. Yo al terminar de comer y bebía la gaseosa mientras los miraba. Miles
de cosas me pasaban por la mente, sentimientos de rabia, impotencia y pena por
estos chiquitos, al mirarlos veía a mi pequeña hermana Larissa que tenía la
edad del más grandecito, siete años, se me partía el alma. Luego seguía
charlando con ellos hasta que Jorge me dijo que tenían que regresar junto con
la madre, pues se hacía tarde. Entonces ambos se pusieron de pie, dieron las
gracias y fueron a medio apuradas hacia la calle, me quedé mirándolos esperando
cruzar la calle desde la silla de la mesa del comedor, agarré el celular y
busqué los billetes de bajo del servilletero, éstos no estaban allí. Se los habían llevado los pequeños indefensos.
Giré el rostro y los vi cruzando la calle, fueron corriendo hasta la madre y el
más pequeño de ellos (el que se dedicaba solo a controlarme y a controlar la
situación) saca algo de los bolsillos y se los da a la madre ésta sonríe. No
sabía qué pensar, bueno eran 4mil guaraníes, casi nada, pero mi confianza había sido defraudada, o no sé, fui robada por los que había “ayudado”-si se
pudiese usar esa palabra a mi acción. Los miré, suspiré tomé la mochila y el
bolso y me alejé tácitamente, casi sin pestañear, pensando en tantas cosas, cosas
que ni Yo misma podría entender, cosas que quizás nadie podrá comprender.